Pero mi camino, afortunadamente, no se detuvo en el norte. Después de una breve estancia en la ciudad de Larsson, el de la trilogía Millenium, los vientos del mar báltico me arrastraron a tierras del sur. La ciudad de Alicante me acogió empapada en sudor y desprendiendo su particular aroma salobreño. Me derretí una y otra vez y me zambullí en la desesperación de la asfixia. El calor fundió mi razón. Sin embargo, encontré cobijo en la compañía de Lourdes, en su especial forma de ver el mundo y en el mar, mediterráneo y templado. Los días en la playa son para no pensar, nadar, comer arroz a banda, jugar a las palas, teñir la piel embadurnado de la máxima protección y descansar. Nada apetece salvo no hacer nada. Me vi en las antípodas de Noruega y Estocolmo. Otro clima, otra cultura, aunque con sensaciones muy intensas de seguir disfrutando al máximo. Sin embargo, Tabarca nos mató. Mi peor pesadilla playera cobró aliento en cuanto pusimos un pie en el barco que se dirige a esta isla, a una hora desde el puerto alicantino. La idea era buena y apetecible, pero Lourdes no tenía registrado en su memoria lo que supone navegar con fuerte oleaje durante todo ese tiempo. Sudamos lo indecible para intentar no movernos y concentrar nuestra mirada y estómago en un punto dibujado en el horizonte que nos sirviera para controlar el mareo y evitar el vómito. Pero nuestros esfuerzos fueron en vano ya que sí echamos la pota. Los dos casi a la vez. El alivio se hace realidad en cuanto divisas el destino y te auto convences de que todo está a punto de terminar. Nos quedaba la esperanza de descansar, darnos un baño, comer y visitar la isla. Con todos estos ingredientes, la vuelta a Alicante sería mucho más liviana, aunque igualmente nos preocupaba. Así y todo, nos disponíamos a remojar nuestro mareo cuando nuestra cara delató el horror de nuestros pensamientos al ver toda una multitud agolpada en un trocito de playa, creemos que de arena, donde no cabía ni un alma más. Y eso es todo lo que había; mucha gente, mucho calor, mareo, ganas de asentar el estómago. Después de un breve contacto con el mar, nos fuimos de chiringuito. Si había gente en la playa, os podéis imaginar la batalla que se libraba por conseguir plaza y paella. Ruido, gritos, prisas, calor…, comida por fin. ¡Comemos y nos vamos! Queríamos escapar de este lugar. Y así lo hicimos. Antes de eso, intentamos volver vía Santa Pola, ya que el viaje es la mitad del tiempo que se emplea en llegar a Alicante y aunque luego tomásemos un autobús, ir por tierra nos seducía mucho más. No hubo suerte por motivos de cash y estuvimos forzados a volver como vinimos. Lourdes y yo nos fundimos en un abrazo de solidaridad y le echamos huevos al asunto. Total, lo peor que nos podía pasar era visitar de nuevo los WC y evacuar… Yo me senté dentro, en unos sillones aterciopelados, anclé mi culo al asiento y pegué mi mirada al frente. Empecé a respirar hondo al tiempo que el barco se despedía de la isla e intenté no mover ni un ápice de mi cuerpo. Me rodeó un olor inmundo que provenía de dos guarretes que velaban mi nuca y un calor intensó que no fue mitigado por el insuficiente aire acondicionado de la estancia. Aún así, no vomité y con el estómago más complacido, llegamos a destino sin mayor lamento. Bueno, estuvimos un día y medio con algo de nauseas y sin ganas de subirnos en algo que se moviera o tambaleara. En fin, una historieta que contar que se une a otras muchas, aunque no tan incidentales, que hicieron de mi habitual visita alicantina, una semana muy agradable.
El resto del tiempo, que ha sido mucho, lo repartí entre mis pueblos y mi Madrid. Este ha sido un verano de reencuentro familiar con motivo de una boda y del nacimiento de un nuevo miembro en la familia. He disfrutado mucho con todos mis primos y tíos y el año que viene me apunto de nuevo, aunque no haya poderosas razones para ello, a pasar un tiempito por allí. Hacía siglos que no iba en verano. Es en esta estación cuando más apetece perderse por La Mancha. El calor del día se desvanece al cobijo de nuestras fresquísimas casas. Mi hermano y yo nos hemos criado entre Madrid y Casas de Haro -el pueblo de mi madre- y Cobeta -el de mi padre-. Somos madrileños y la mayor parte del tiempo la hemos pasado en la ciudad. Pero la corta distancia entre la capital del reino y los pueblos de nacimiento de mis padres, trajeron numerosos viajes de fines de semana y todas las vacaciones escolares. Allí te conoce todo el mundo y el que no, te pregunta y, tras las pistas facilitadas, en seguida te ubica en una familia. Vivir en un pueblo para mí, siendo tan urbanita, no es ideal, pero reconozco que unos cuantos días son muy saludables. El regreso a las raíces hace que te encuentres contigo mismo y que valores de dónde vienes. Sin duda, intentaré mantener vivo este sentimiento.
He acabado mi periplo en Madrid. Sin dar mucho detalle al respecto, sólo diré que cada día que pasa, me enamoro más y más de esta ciudad. El calor de la gente, la renovada imagen de un Madrid todavía algo maltrecho pero con visos de gran referente europeo, el sol, las cañitas, la oferta cultural, las terrazas, los amigos y un largo etcétera, han puesto la guinda a unas vacaciones inolvidables. Ahora toca trabajar un poquito para volver a la rutina. Ese día a día tan necesario para centrarte en tus quehaceres diarios. Ya pienso en el verano siguiente que espero supere con creces, este que acaba para mí hoy mismo. Quiero dar las gracias a todas las personas que han estado cerca de mí este verano y con las que he compartido ratitos especiales.
Ahora mismo estoy con depresión post-vacacional, pero en un día o dos, como nuevo.
Besos.
Á


